Crystal lake – Demasiado pan para tan poca hamburguesa
Para los obsesos del terror, Jason Voorhees es una hamburguesa con patatas fritas. Como entre nuestro credo no hay peor pecado que el clasismo, supongo que no hace falta aclarar que digo esto sin una gota de condescendencia: a veces no hay nada más sublime que una hamburguesa chorreante, capaz de transparentar con su grasa el placer epicúreo de la simplicidad. Si Halloween es la obra fundacional del slasher –entendiendo que sedimentó en la cultura popular un prototipo definitivo anticipado ya por Psicosis, La matanza de Texas o Black Christmas– , la franquicia de Viernes 13 es la clave de bóveda donde los elementos del subgénero empiezan a desnudarse, hasta quedarse en lo más elemental. ¿Y qué hay más elemental que una hamburguesa sangrante y jugosa?
Crystal Lake, la serie que A24 lleva años desarrollando en el universo de Viernes 13 bajo la forma de precuela –típica idea de pitch contemporáneo: «no vamos a seguir a Jason, vamos a seguir a su madre», etc., etc.–, y que en España puede verse a partir del 16 de octubre en HBOMax, es consciente de esa comunión, sabe que las películas taradas y chocarreras que han ido ampliando a machetazos el canon voorheesiano deben su encanto a la condición de fast food desinhibida, y se enfrenta al reto de arbolar una serialidad de cita semanal bajo la (auto)imposición, ojo ahí, de inscribirse en el buen gusto contemporáneo que emana de la marca de su nuevo estudio, cuna de ese invento llamado terror elevado, al tiempo que se mide con la migración que otros iconos del género como Hannibal Lecter, Pennywise o Norman Bates hicieron en estos últimos años a la ficción teleprestigiada. No es lo mismo encontrarse con una nueva película de Viernes 13 que afiliarse a «la serie oficial de» cual misa de domingo. Cuando el disfrute de un Big Mac tiene una imposición calendaria, ese arrebato de placer empieza a parecerse a una dieta; una no particularmente sana. El reto al que se enfrentaban A24 y el showrunner Brad Caleb Kane, artífices últimos de Crystal Lake, era encontrar el ángulo adecuado para dosificar nuestro placer: ¿un pastiche frankesteniano de trocitos de lore, una precuela rigurosa y reverencial, una estetización pedante de un icono exploit ochentero, una dramatización psicologista, una verbena gore? Ante este abanico de opciones, Caleb Kane parece querer tomar todos los caminos a la vez, y el resultado no podía ser otra cosa que un cacao. Como –insisto– entre nuestro credo no hay peor pecado que el clasismo, la pregunta es si este cacao merece la pena. Para responderla, hay que entender qué distingue Viernes 13 como templo del slasher y por qué es tan fácil amar sus películas como difícil –si bien no imposible– amar esta serie.
Como saga, Viernes 13 ha contado siempre con la ventaja de permitirse a sí misma evolucionar su modelo anestesiando la exigencia del espectador. Sabe bien ser indulgente con ella. A diferencia del Halloween seminal de John Carpenter, las aventuras de Jason no estaban obligadas a dialogar con una obra maestra –ese primer Viernes de Sean S. Cunningham envejece como una anécdota insípida en un culto entregado a olvidarla; es casi un trámite para los revisionados de maratón–, mientras que la embrutecida simplicidad de su premisa –jovencitos descubren su despertar sexual -> un monstruo voyeaur se calienta -> los jovencitos mueren a ritmo de creciente Grand Guignol– hace mucho más asequible a las sucesivas entregas aportar algo nuevo de lo que ocurre con esa prima lejana de la franquicia, Pesadilla en Elm Street, donde cada director está obligado a pensar el terror, o el humor, o ambos, en imágenes oníricas. En cierto modo, Viernes 13 encontró su identidad un poco como esos niños que se echan a andar a tropezones, a fuerza de intentarlo y abrirse la cabeza. Aun a día de hoy no es raro encontrarse con cinéfilos –incluso cinéfilos fans del terror, ¡incluso cinéfilos fans del terror familiarizados con Viernes 13, o al menos con la silueta de lo que implica una película de Viernes 13!– incapaces de recordar que en la primera entrega de la saga el asesino no era Jason, sino su madre, Pamela Voorhees, o que nuestro hombre no lució su emblemática máscara de hockey hasta la tercera parte. Dentro de esa lógica tambaleante, de bebé idiota pero encantador que aprende a golpes a sostenerse en pie, los espectadores fueron aceptando los saltos de fe de cada iteración, desde las resurrecciones de Jason a la deriva intergaláctica de su décima –y recuperabilísima– entrega, pasando por su su metamorfosis zombie, su excursión urbana en Manhattan o su viaje al mismísimo infierno. Ninguna de esas piruetas encontró resistencia entre los fans por una razón sencilla y funcional como el mecanismo de un tenedor: las películas nunca perdieron tiempo tratando de explicarse. Eran, recordemos, hamburguesas con patatas fritas. El éxito de esas piruetas descansaba en su habilidad para descender con elegancia hacia el pavimento, o lo que es lo mismo, en el charme particular de cada matanza: la creatividad de las set pieces o el ingenio de su slapstick. Cada espectador tiene sus entregas favoritas –las mías son la III, la IV, la VI, la VII, la VIII y la X– y las que menos tilín le hacen –en mi caso, el resto– basándose en ese equilibrio sencillísimo de ejecuciones grácilmente resueltas. No hay unanimidad entre los fans, y parte de la diversión de pertenecer a este club es intercambiar puntos de vista sobre nuestras manías particulares, pero lo importante es que todos nos enfrentamos a esta devoción con la misma autoconsciencia de quien entra en un McDonald’s y sabe a lo que va. Nadie necesitó jamás adentrarse en la psique de Pamela Voorhees para entender por qué enloqueció ni un diagnóstico médico que pusiera apellidos a las deformidades del pobre Jason.

Ejemplo de personajes útiles para rellenar minutos e inútiles para estimular a un espectador sediento de puñaladas carismáticas.
Crystal Lake, en cambio, entiende que sí necesita hacer check en esas casillas. Tiene ooocho episodios por delante y un cierto marchamo de prestigio detrás, gracias a su nuevo sello. Por ello, rellena los huecos con guión y más guión. Se inventa orígenes innecesarios no por contradecir el canon original –a quién le importa– sino por alimentar un misterio central que, en realidad, no tienen ningún impacto emocional ni en el fan ilustrado ni en el espectador casual. En mi opinión, ese prestigio del que A24 emborracha la serie se vuelve hediondo. Al situar la acción a finales de los años 70, Crystal Lake se esfuerza por impostar un determinado sabor en sus imágenes, y el problema no es que no lo consiga, es que, peor aún, ¡lo consigue!, ¡le sale bien!, es una serie ¡bonita!, ¡aparente!, ¡bien dirigida! –especialmente los episodios firmados por Michael Lennox: no sólo por la perversa distinción de sus arrebatos de violencia, sino por la puesta en escena de sus escenas más rudimentarias, como diálogos de dos personajes: no se limita a sentarlos y poner la cámara donde la pondría tu abuela con los ojos cerrados, sino que piensa cómo mover a los actores dentro del cuadro y cómo usar la distancia entre ellos y las lentes con un fondo dramático atractivo–, de manera que esa primera decisión de la serie, o sea, embellecerse, ponerse guapa, a la altura estética de otros simulacros setenteros de buena factura como, por ejemplo, X, de Ti West, la vuelve un pelín antipática de primeras. Porque: ¿qué necesidad había de convertir nuestra hamburguesa favorita en una smash burger?
Como ya decíamos antes que la serie intenta ser muchas cosas a la vez, esa reticencia se relaja intermitentemente con sus fugas gore –algo digitaloides, pero tolerables– y sus flirteos pulp, más cordiales. Sin revelar nada: Crystal Lake aprovecha su emplazamiento temporal para llevarnos por el territorio de la resaca nuclear de los 50 y la paranoia política anticontracultura. Ese viaje, sintetizado en un coqueto episodio-flashback y un villano que se las apaña para sintetizar al John Cassavettes de La furia con el John Cassavettes de La semilla del diablo, gana algo de carisma al conjunto, más por acumulación de referentes que por verdadera audacia. (Todos comprendemos los vasos comunicantes entre ese hellter skelter fatalmente inspirado por la obra maestra de Polanski y el fin del sueño hippy; Crystal Lake, sin embargo, no nos lleva por ese sendero porque quiera decir nada; sólo porque le conviene a su bulimia de arquetipos.) Desde un punto de vista estrictamente narrativo, hay poco que objetar a su reinvención del mito salvo el poco riesgo final de la propuesta. La serie no nos acaba llevando a un punto sorprendente ni chocante al atajar por la weird science: sólo a un destino conocido más o menos inédito en esta iconografía. La única traición que sí merece la pena denunciar al sustrato del original es la falta de cochinería. Viernes 13 es una saga que va cachonda todo el rato. Lo sabemos y lo celebramos. ¿O no? Bueno: habrán quien dude. Pues bien, esa heterolascivia, si a alguien le pesa, puede reinterpretarse o incluso subvertirse –parece que Jane Schoenbrun viene de hacerlo en Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma– pero lo que no puede hacer uno es intentar emularla por lo bajini: en Crystal Lake reina un pudor tan ridículo que hay, al menos, tres escenas de sexo en las que los protagonistas follan con calculadas prendas de ropa cubriendo sus atributos más censurables.
En origen, este proyecto estaba encabezado por Bryan Fuller, que conserva un crédito de «story by» en el piloto. De nada sirve imaginar qué habría hecho el genio responsable de someter la exquisita literatura de aeropuerto de Thomas Harris a la turmix de esa stendhaliana y divertidísima y sensible y amariconada sesión de DJ que es la serie Hannibal, pero resulta indudable que Brad Caleb Kane, bregado en la sala de guionistas de la hipertrófica It: Bienvenidos a Derry, ha apostado por un camino más parecido al de Bates Motel que al de su predecesor en el cargo, con su recurso de rellenar tiempo mediante olvidables subtramas de pueblo. Y, con todo, de Crystal Lake puede decirse, quizás inducidos por una abstinencia de casi 20 años –la franquicia no ha dado frutos en este tiempo por estar atrapada en una telaraña de derechos–, que la serie no está tan mal para todo lo mal que está. La funcionalidad de sus catarsis sangrientas y el vigor de Linda Cardellini, en su segundo home round de la temporada tras la catedral de DTF St. Louis, ayudan a hacer digerible una colección de hamburguesas con poca carne y mucho pan, pero a cuyo alivio no se puede renunciar si uno llega con apetito.

